Don Juan tocó la puerta de mi oficina.
Lo saludé como normalmente hago con cualquier visita.
-Buenas señor –dije-.
-¿Puedo entrar señor? –respondió muy agitado.
-Sí señor –respondí extrañado al ver su estado. Tome asiento.
-Necesito ayuda –indicó–, tengo problemas en Migración. Me dijeron que no puedo pasar, que esperara un momento y se dejaron mi pasaporte.

Era obvio que él, era uno de esos trabajadores nicaragüenses que regresan a casa en la última semana de diciembre, para ver a las familias que no vieron durante todo el año, por trabajar duro en Costa Rica y enviar recursos a su país.

-¿Qué hago? ¡Necesito pasar!
-Tranquilo señor, cuénteme: ¿qué pasa? –y empezó a narrar la historia de su trabajo, su viaje y su familia, y como todo lo que ha construido en su tiempo de laborar en Costa Rica se puede caer por la detención.
Mientras esperábamos en mi oficina, que está al frente de Migración en una ciudad fronteriza y por ende pobre y abandonada, él se esforzaba para no llorar por su situación, y he de decirlo con honestidad, yo pasaba por lo mismo.

Aún así yo intenté animarlo:
-¡Tranquilo señor, va a ver que esto se resuelve! –resolví, un poco falsamente al saber que era difícil que saliera bien librado de la situación.
-Tengamos paciencia –dije, mientras los inspectores salían a almorzar a eso del mediodía y don Juan descansaba su cuerpo en una silla fría, pero su mente daba vueltas y retumbos sobre lo que se venía.

Fue una hora angustiante. El tiempo transcurría lento y la calma era tensa. Podría jurar que escuché en él, largos suspiros de preocupación sólo perceptibles en lugares quietos como aquel.
El permiso de viaje fue autorizado en su país pero fue retenido por el oficial costarricense al notar una irregularidad que don Juan decía desconocer.
-Yo debería sacar ese permiso de trabajo que tanto me han dicho que saque, pero cómo voy a perder una semana de trabajo por sacar ese papel. ¡Y lo caro que salen los pasajes!
-Sí señor, debería hacerlo para que no le pase esto otra vez.
-Pero es que si yo no hago nada más que trabajar. No tengo vicios ni ando en problemas con la gente. Voy de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Me mantengo apenas y el resto se lo mando a mis hijas -narró con alegría que la menor va para tercero de secundaria y que las dos mayores iniciaron recién la Universidad.
-¿En serio? –pregunté con una mezcla de extrañeza y agrado, como si sólo en Costa Rica los jóvenes tuvieran acceso a la educación superior.
-Si, en serio.

Enseguida me contó que 17 córdobas son un dólar, que la vida en Nicaragua es muy cara y que aquí gana en un año lo que ganaría trabajando dos años en su país.

A la una y media apareció el hombre de Migración. Se enojó mucho cuando vio que don Juan no lo esperó donde le había indicado hace más de una hora. Le preguntó casi gritando sobre el “gravísimo” desacato, como si quisiera fugarse tan ingenuamente y dejar perdido el pasaporte.
-¡Usted está detenido y va para el calabozo inmediatamente! -dijo severamente.
-Pero señor yo sólo quiero trabajar y cambiar estas pólizas –apuntó casi con sollozos mientras mostraba los papeles de las pólizas a las que tenía derecho luego de un accidente laboral que sufrió hace no mucho tiempo.
-Policía, ¡llévese a este hombre! Va de vuelta en el bote de la tarde –sentenció finalmente antes de entrar de nuevo a su oficina.

El policía lo tomó del brazo y don Juan se despidió y me dio las gracias por lo poco que pude hacer por él más allá de la compañía. Los dos bajaron unas gradas curveadas que comunican las oficinas con el sótano oscuro y frío, donde encierran como asesinos a las personas que van a deportar. Una última mirada develó la tímida lágrima que estaba a punto de bajar por su mejilla.

Decidí no ver más pues yo lloraba por dentro. Pensaba en la tristeza de un hombre que con el sudor de la frente mantenía a su familia y no la abandonó como lo hacen muchos padres irresponsables en Costa Rica. ¿Cómo iban a ser estos dos días de viaje de vuelta a Chinandega? ¿Cuál iba a ser la reacción de la familia al saber que don Juan estaba desempleado? ¿Cómo será el futuro de su familia y sus posibilidades de superarse?
Yo imaginaba con amargura cómo sus hijas universitarias deberían trabajar si desean mantenerse estudiando. Ahora es posible que se caiga a pedazos el sueño familiar de mejorar sus condiciones de vida en uno de los países más pobres de América, en donde unas pocas familias ostentan las riquezas y el poder.

Regresé a mis labores no sin antes reclamar a los personeros de Migración, por el comportamiento altanero para con una persona sencilla, que no quería hacer nada malo y que aceptó sin rebeldía la decisión, por más dura que fuera.

Ahí, una vez más, la impotencia contra la injusticia gobernó mi mente y agotó mi cuerpo. Pensaba que las leyes de este mundo no protegen a quienes debieran proteger y que muchos que la ley no sancionan, cometen delitos contra los que quieren tener una vida mejor.

Mientras escribo estas líneas un hombre viaja en bote por el Río Frío, contra su voluntad, llorando su pena de vuelta hacia una ciudad cercana a la frontera con Honduras, en donde le espera un presente y futuro poco halagüeño. Espero que don Juan retome la ilusión que tenía hasta hace poco, cuando tenía un trabajo digno…

Después de conocer la valentía y fortaleza de personas como él, estoy seguro que así será.