Cuenta mi abuela que hace muchos años había en su casa un hermoso zaguate negro, llamado Rocanrol. Sí, así como se lee; así como el famoso género musical.

Igual que la música, Rocanrol fascinaba a muchas personas. Cuando mis tías y mi madre eran adolescentes, jugar con él era más que costumbre. Las tardes lluviosas, las más, las disfrutaban cerca del fogón, donde el perro se mantenía cerca del calor de la cocina. Los días soleados los aprovechaban para salir al patio donde Rocanrol exploraba todos los rincones y correteaba a los sobrinos de Doña Rosa.

Cuando se cansaba, nuestro personaje aprovechaba la superficie de la entonces desolada y recién asfaltada carretera central de Ciudad Quesada, para dormir plácidamente y descansar un rato mientras mi abuelo llegaba de la agotadora jornada de trabajo. Era muy poco el tráfico a finales de los sesenta, así que los carros se oían venir desde lejos, por lo que el perro podía esperar hasta que los carros estuvieran muy cerca, para hacerse a un lado y luego retornar a su “cama”.

Cuenta Doña Rosa que una noche calurosa, Rocanrol (le pusieron así porque sonaba bonita la palabra) dormía tan profundamente en la frescura de la calle, que no se percató que se acercaba una moto muy rápidamente. El motociclista, que se dice andaba con sus jaiboles adentro, iba tan rápido que no tuvo tiempo para esquivar el cuerpo de la mascota de la familia. Por más esfuerzos por desviarse un poco a la izquierda y evitar golpear al perro, la excesiva velocidad provocó lo indeseado: Rocanrol sufrió un golpe muy fuerte con la llanta delantera y no se escuchó ni ladrido ni gemido alguno, lo que en algunos testigos causó extrañeza más allá del violento suceso.

Dos de mis tías, quienes regresaban de la función dominical del teatro, observaron el desafortunado suceso y de inmediato pensaron lo peor: ¡Mataron a Rocanrol! Sus gritos y los de otras personas que les acompañaban, se apoderaron de la que era una silenciosa noche de verano. Mi abuela salió súbitamente, en batas, para ver qué causaba tal alboroto. Lo que vio fue a mis tías llorar desconsoladas, sin habla y con el alma hecha pedazos por la partida de Rocanrol.

Nadie en la familia se atrevió a quitar el cuerpo de la calle. Ante la solicitud de mi abuela un señor amablemente levantó a Rocanrol para llevarlo al patio de la casa, lugar donde lo enterrarían al día siguiente, según el deseo de mis tías y mi madre. Nadie podía creer lo que pasó, atropellaron al perro en un lugar donde era raro ver pasar otro vehículo que no fueran los buses de la mañana y aquel señor de la moto.

Pero no era momento para pensar en la mala suerte que tuvo el juguetón animal. Era tiempo de llorar y llorar.

Cuando el amable señor colocó a Rocanrol en el lugar donde estaría su tumba, y mientras los sollozos y lamentos gobernaban la casa y el barrio (porque la voz se había corrido tan rápidamente como el tiempo que tardó el borrachín en escapar de la escena del accidente), la sorpresa se hizo presente. Una vez que Rocanrol sintió el piso, se movió, se estiró y se levantó como si nada hubiera pasado, y moviendo la colilla de la felicidad por ver semejante gentío, entró a la casa para seguir durmiendo junto al fogón.