Los bueyes quizá fueron en alguna época el medio de carga más importante y utilizado por las personas en nuestro país. Los avances tecnológicos fueron provocando el desplazamiento de esta fuerza de la naturaleza en las labores de transporte hacia los medios mecanizados y altamente contaminantes de hoy en día.

Pero las tradiciones fuertes se mantienen con el tiempo. En la actualidad se empieza a ver un resurgimiento del uso de bueyes para labores de carga. Después de todo se trata de proteger la naturaleza en sitios donde los grandes camiones y tractores generan un fuerte daño al ambiente.

El boyero no se hace de la noche a la mañana. Es toda una tradición familiar eso de aprender a domar a estos animales y que les obedezcan cada uno de sus mandatos. Con silbidos o golpes al yugo el boyero indica claramente lo que quiere que los bueyes hagan, y éstos responden de inmediato.

El boyero se va haciendo desde niño, gracias a los consejos de una persona mayor que pasó por la misma experiencia. Perderle el miedo a los bueyes, silbar de la forma y duración adecuadas, jalar y golpear el yugo para dirigir la yunta, amarrar la carga, definir el recorrido, entre otras, todas ellas son labores cotidianas que el bueyero debe manejar a la perfección en su trabajo.

Juan Carlos las conoce todas e incluso va más allá; él fabrica yugos a punta de machete. Desde pequeño fue aprendiendo de su padre el arte tomar una troza de madera y elaborar una escultura para unir dos poderosos animales que transportan pesados objetos.

Con un afilado machete y su ingenio creativo tarda de 6 a 8 horas fabricando un yugo. El filo de la herramienta, las dimensiones, los bueyes y el tipo de madera que utiliza son factores que debe tener en cuenta en su faena. El yugo debe soportar el peso de la carga y la fuerza de los bueyes por lo que la madera debe ser muy resistente, de ahí que su producto resulte aún más valioso. Éste, sin duda, es un arte que muchos como yo creíamos extinto, pero que ha logrado sobrevivir.

En tiempos donde a veces se pierde la esperanza de encontrar tradiciones de antaño, toparse con esta grandiosa actividad lo hace a uno volver a creer en algo, en recurrir a lo aprendido de nuestros ancestros, en revivir nuestras costumbres, en volver los ojos hacia lo nuestro, ser nosotros otra vez.

Volver a las palabras, a la cortesía, a las papas de Cartago, a las tortillas de la abuela, a los frijoles de Los Chiles, a las puertas abiertas, a los turnos que unen comunidades, a los viajes para conocer nuestro propio país, a playas y ríos limpios, al campanario de la Iglesia, al respeto a los adultos mayores, a acatar sabios consejos, a caminar tranquilamente por nuestras calles, a la confianza, a…