La luz entraba voraz entre el espacio transparente y golpeaba fuertemente el piso, alumbrándolo.
El fulgor rebotaba en la dura superficie y se desviaba hacia otras formas, iluminándolas.

Al abrirse, la ventana invitaba al exterior a compartir con el interior y los olores iban y venían. El humo del fogón vecino empezaba ya a ensuciar el blanco mantel que cubría la mesa familiar. El aroma del café recién chorreado invadía la acera de enfrente y los transeúntes volteaban su cara, como buscando una taza que les avivara su rutinaria mañana.

El perro, angustiado del encierro nocturno, se asomaba para captar con la vista lo que el potente olfato le indicaba y empezaban los ladridos que me decían a mí que eran las 6.

En días de lluvia, mi abuela no la abría porque las grandes gotas empapaban todo aquello que estuviese cerca y ya no quería ella, que el viejo reloj de mi abuelo se dañase por una gota oxidadora.

También servía para socializar ante el grito saludador con el que conocidos solían avisar que iban pasando, cortesía que era correspondida de la misma manera.

En tardes soleadas la brisa refrescaba la sala y era descanso de viuditas que eran atraídas por los bananos que Ña Rosa colocaba para verlas llegar.

Cerca del ocaso la ventana se cerraba, marcando el límite del día y dando la bienvenida a la noche. Era la señal de ir a dormir, mientras pasaba el tiempo para que de nuevo se abriese para recibir la mañana.