El Volcán Platanar, mejor conocido como cerro por su inactividad actual, ha sido casa de ese enigmático animal que interpelamos por estos lados de la blogsfera. Yo le llamo el Monte Vigilante pues es como un guachimán de la Zona Norte y de su extensa llanura.
En el Platanar nacen muchos de los ríos que bañan la Llanura de San Carlos y Sarapiquí. Es una verdadera fuente de agua limpia. Abastece a muchas comunidades del norte del país incuyendo a Ciudad Quesada, lo que dice mucho de la capacidad de esta montaña de generar agua a borbollones. Tan es así que le llaman el Parque Nacional del Agua (el nombre oficial es Parque Nacional Juan Castro Blanco).
El “progreso” y “desarrollo” de la región ha perjudicado al Platanar dada la acelerada tala de árboles y el desplazamiento (¿exterminio?) de la flora y fauna del lugar, incluyendo al bendito jaguar, casi un ser mítico que aparece solo en las referencias de los abuelos que narran historias vividas en el cerro.

Mucho ha cambiado el paisaje del Monte, lo notamos más los que desde niños lo vemos día a día. Grandes porciones de verde han mutado a café y eso es alarmante, aun siendo esta una zona “protegida”.

Con todo y todo, el Platanar es un señor protector y proveedor, un ser que concede belleza a la región y que exhala aire puro, guardián de la llanura, casa del agua que bebemos, morada de nubes y arcoris, señora montaña, dueña de belleza natural que después del aguacero nos muestra el blanco velo de su catarata, vigilante desde lo alto de todo hacia el norte y que alcanza más allá de la frontera.
El Platanar es pilar de lo que tenemos y de lo que somos. Esperamos que se recupere para ver de vuelta al jaguar que hoy huye hacia otros sitios menos peligrosos.

PD: gracias a Priscilla por esa foto de ensueño (arriba) y su invitación para escribir esto. Lo aprecio mucho.