Archive for julio, 2007
Lápices: mercadotecnia de los ochentas
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Desconozco cuando mi madre empezó su colección. Lo cierto es que los conseguían fácilmente, sobre todo cuando mi hermano, que trabajaba como recepcionista en un hotel familiar, los recibía de los agentes vendedores que se hospedaban en el Conquistador.Mientras la limpiaba, vi con nostalgia como la colección había disminuido, y más cuando recordé que soy culpable de eso pues, cuando era niño, tomé más de uno para sustituir a los que perdía en la escuela.
Doña Zene talvez tenga unos 30 en total de varios colores y marcas. Los logos evidencian el paso de los años tanto así como las leyendas que acompañaban e identificaban cada marca (amig@ lector@, seguidamente leerá marcas a diestra y siniestra pero valga la aclaración que no me pagan un cinco y solo lo hago como dato curioso).
Jabón Lux , Detergente Rinso (“El blanco que lava más blanco”), Detergente Irex (“es más barato”), FACO, Kativo, Quirós y Cía, Bavaria (“la mejor cerveza que se puede tomar”), Pilas Rayobac y Eveready (déle duro a las del gato”) eran algunos de los ejemplares.
Con el paso de los años y los cambios en la mercadotecnia, este tipo de cosas se vuelven rarezas. Pero qué buenas que eran…! Lo que sé es que ahora, esos lápices serán cuidados como si fueran piezas de museo.
Volcán Arenal: maravilla natural
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A propósito de la moda de nombrar lo mejor de nuestra naturaleza por estos días, les regalo esta postal del Coloso. Si al Volcán Arenal no lo incluyen en la lista me hago fan de Alarcón y voto por el SI.
Ya, dejándonos de payasadas, esta foto da cuenta de la joya que es el Arenal, que además de vigilar toda la llanura sancarleña, ha logrado que todos en Tiquicia y fuera de ella le admiremos como la gran maravilla que es.
Dolor de nalgas: anécdota de cabalgatero principiante
8El domingo llegó el momento, ese en que uno se tira a pista y fue en ni más ni menos que en una cabalgata que estaba programada pa’ 3 horas. Yo, que tenía 0 minutos de experiencia, cumpliría poco más de 180 de un solo. Algo no muy inteligente, pero la fuerza de las circunstancias así lo obligaban.
Entre el gentío, me escogieron a un caballo que de inmediato bauticé: Rocinante. El más manso fue el que había pedido. Era de esos que la gente nombra como “jala quesos” o “salchichón”. Yo, en mi inexperiencia, veo igual a uno de estos “viricos” que a los pura sangre. Obvio se ve la diferencia de pelaje y el paso, pero para mí son los corrientones los más valientes pal brete y eso los vuelve más importantes.
El bendito Rocinante no me aceptó de buena gana. Yo le jalaba la rienda más de la cuenta y el corcel respondía con pequeños brincoteos. En esos toques iniciales mi corazón aceleraba un poco más de lo normal, pero en general me mantuve tranquilo.
Poco a poco fui soltando la rienda y Rocinante a andar más tranquilo. El arranque era un toque difícil porque había que insitir con el golpeteo de los costados. De inicio pensé que era medio vago o que notaba mi inexperiencia y, de entrada, estaba predispuesto para una mala jornada. Estaba medio destramado porque siempre jalaba pa’la ronda y yo con miedo que me botara justo en las cercas electrificadas o peor, en los alambres de púas. Después del rato de tratar de tirarlo al centro, dejé que fuera bien aorillado (?) porque imaginé que las piedras no eran una superficie muy cómoda pa’andar, y menos con un carajo a cuestas.
Junto con otros 299 caballistas y caballos más, entre los que bautizamos a Silverio, Megatrón y Optimus Prime, entre otras ocurrencias (a propósito de cosas de moda), transcurrió la cabalgata entre calles de piedra, potreros, bosque natural y quebradas bastante llenas porque llovió muy fuerte. Las 3 horas se convirtieron en casi 7, porque el paso del agua era tan fuerte, que hubo que desviarse del trayecto original y hacer casi el doble del recorrido para no poner la vida en riesgo.
Casi a las 7pm, Rocinante llegó de nuevo al punto desde donde inicialmente me cargó. Renqueaba y jadeaba bastante, pero soportó el total de trayecto.
Hoy, un día después, cual hipocondríaco experto, paso el día entre un dolor de nalgas (brincoteos y roce con la montura), de espalda (por ir más erguido que miembro…de la Guardia Suiza), de rodillas (por evitar el leve roce de las púas) y de cuello (pa’ver si los rezagados por lo menos se veían a lo lejos). El sombrero, el poncho y la doble camisa me salvaron de una gripe casi segura sin ellos, de otro modo, a las quejas habría que sumar un derrame abundante de líquido nasal y una tos interminable.
Bonita experiencia sin duda, aunque sí muy agotadora. De nunca andar a caballo a lo que hice, siento como si hubiese gastado en una sola monta, todos los minutos-caballo a los que tengo derecho durante mi vida entera.
Bernardo Quesada y Alejandro Jiménez
17Además tocó el trovador sancarleño Alejandro Jiménez, quizá el único famoso que conozco personalmente (bueno todavía no lo es tanto pero pronto lo será). Bernardo Quesada se hizo presente sin cobrar un cinco. Tuanis por él y mal por los pobres diablos que le robaron todos sus instrumentos y equipos hace pocos días. Bernardo es todo un personaje con sus intervenciones pre y pos-canción, dándoles un matiz muy original. Con su toque, lo mete a uno en cada pieza y explica el cómo, el dónde el por qué de cada interpretación. Fijo la influencia de Fernando Delgadillo que es un genio es esas andanzas. Bernardo es un “show” como dice mi mama.
Cerró el concierto Humberto Vargas que deleitó al público que aún, promediando la medianoche, se mantenía en el gimnasio del Liceo por amor al arte. Más de cuatro horas de músicos criollos agitaron una vez más a una Ciudad Quesada cada vez más apuntada para este tipo de eventos. El gimnasio lleno da fe de un fenómeno que ni las emisoras ni el reggaetontón podrán detener. Aun así, las radios niegan que exista público para esta música y programan a ticos en apenas el “0,8% del total de canciones” como indicó BQ.
Acá uno de los momentos clímax del concierto: Bernardo, Alejandro y el público.


Huellas