Nostalgias de un “culito e’ gasolina”
Usar exageradamente cualquier medio automotor (léase carro propio o ajeno,”rai”, taxi, bus, güagüa, etc) para cualquier cosa que signifique trasladarse más de 100 metros, aparte de consolidar el cada vez más preocupante sedentarismo en el que uno tiende a caer y aparte de hacer más vagos e inútiles a los músculos, en especial el corazón, provoca también algo que tiene que ver más con los sentimientos y el sentido de pertenencia. Dejar de caminar por el barrio es desarraigarse de a poco y a varios kilómetros por hora.
Hoy en mi barrio, salió por ventura que tenía que hacer 2 mandados, de esos mismos que uno hacía contra la voluntad de niño y también de adolescente, en el que había que ir donde un familiar a recoger algo de comida y luego pasar a la pulpe para completar el almuerzo.
Pensé en usar el carro, pero luego de hablar acá del ambiente sería algo contradictorio. Me dispuse a caminar a pesar del fuerte sol que hacía esta mañana en Ciudad Quesada. No tardé muchos segundos, luego de mis primeros pasos sobre la acera, en remitirme el mandado a aquellos viejos tiempos de infancia. Cada hueco en la acera, el olor de los almuerzos de las casas por donde pasaba, la brisa, el sonido de los talleres, el bus bajando y subiendo gente, la verdulería, la bomba, algunos viejitos en los corredores, los negocios de siempre que solo han cambiado de dueño pero no de espíritu.
Caminar y palpar, caminar y mirar más allá, caminar y probar la calle, tantearla, recordar, revivir, reflexionar…
Y luego llegar a la vieja casa de abuela, donde jugué, comí y compartí con tantos otros niños que ya algunos ni recuerdo. Sentir el aroma de la casa, y ver las viejas sillas, los cuadros, la cocina de leña, el palo de la lora, el moledor de maíz, la gran pila. Le pregunté a mi tía si había visto u oído a abuela por ahí, merodeando en alguna madrugada. Pero no, mi abuela por dicha no se ha aparecido, aun cuando uno quisiera que nunca se hubiese ido.
Mi camino prosiguió, pasé a la pulpe y luego, de regreso a la casa, pensé en escribir estas líneas.
Contra la voluntad de adulto por volver a hacer los mandados de antaño, caminar me permitió aprender una lección de vida, dejar de ser tan culito e’ gasolina para tener al barrio, la gente y los recuerdos mucho más cercanos y poder alcanzarlos a pie.
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Me encantó este artículo. Realmente aleccionador. Si bien es cierto que ahora en muchos barrios no se puede hacer el mandado a pie porque ya la calle está peligrosa y la criminalidad aumenta a una tasa asombrosa (aunque doña Janina DelVecchio diga lo contratio), elegir los zapatos y los pies antes que el bus, el carro o la moto, o bueno, elegir la bici antes que los mencionados antes, no sólo es algo que ayuda nuestro planeta, sino que también nos ayuda a abrir un poco los ojos, a conectarnos con el medio y a ser parte del mismo.
esos mandados también nos dejan ver que los que eran carajillos entonces, son ahora muchachotes universitarios y las vecinas, señoras que eran regañonas ahora se ven bonachonas con sus canas… A caminar carajo!