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El Platanar en peligro
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Imagen del Parque Nacional Juan Castro Blanco, en Google Maps.
¿Qué negocios se tejen en esos chorizos en los que ha sido involucrado incluso el MINAE? Eso lo explica mejor el reportaje. Ojalá fueran todos los reportajes así, no habría tanta corrupción en Tiquicia y uno respetaría más a los medios. ¡¡¡Qué falta hace Parmenio!!!
El Cerro Platanar es un ente natural que bendice a toda la Zona Norte: marca el fin de la Cordillera Volcánica Central, retiene muchas nubes de las que sale mucha del agua que bebemos por acá, guarda cientos de especies de flora y fauna, y produce oxígeno que da miedo. Por su cobertura vegetal, su relieve y sus nacientes es llamado el Parque del Agua.
No es la primera amenaza que sufre “la Montaña Sagrada”. En los ochentas la empresa EUROSPECT quería desarrollar un proyecto minero en ese sitio (¡qué ideota!). Por dicha, todo un movimiento social defendió al Platanar como sitio de conservación y esa empresa tuvo que jalarse (ver en la Revista Ambien-tico de mayo de 1995 el artículo: “La creación de un parque nacional a contrapelo del desarrollismo minero”).
Este parque no se va a perder, aun cuando las amenazas sean muy grandes.
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Jaguar del Platanar: anécdota
23Una tarea que tenía en una de sus clases de biología, era la de comprobar cuáles pequeños animales vivían en ese lugar. Me dijo que debía meterse en la montaña al atardecer y poner unas pequeñas cajas de metal con un poco de comida adentro. La idea era atrapar algunos animales para identificarlos y luego dejarlos libres de nuevo. Para eso había que poner trampas con una distancia de unos 30 metros entre una y otra. ¡Y eran 40!
Convencido y emocionado en colaborar con la causa, nos adentramos sobre el sendero que lleva a una catarata. Prix llevaba un bulto lleno de comida para atraer animales. A mí me tocó llevar una mochila repleta de las cajas de metal. Además, llevábamos un foco y un machete. Estaríamos allí una hora máximo, hasta cuando llegara la noche. Usamos el sendero principal y luego nos desviamos a uno secundario, cerca de una quebrada donde pensamos que era mejor poner las cajas.
Empezamos a colocar las trampas con sumo cuidado. Cada una de ellas demandaba unos 5 minutos entre la ubicación del mejor sitio, poner la comida y señalar con una cinta anaranjada el lugar donde ubicábamos la caja para después encontrarlas más fácilmente.
No llevábamos ni 15 cuando ya estábamos bien adentro. La luz escaseaba y la densidad del bosque se hacía mayor. El sonido de la quebrada, siempre a la derecha, era el punto de referencia para no perdernos. Era ya la hora de usar la luz artificial.
Al rato no más, el foco empezó a fallar. Yo, que soy muy pendejo a las culebras empecé a sugestionarme y pensar lo peor. Temeroso le dije a Prix que regresáramos, pero ella insistió que nada malo pasaría. Proseguimos con la tarea mientras nos adentrábamos más.
Si de día es difícil caminar en el bosque, sorteando ramas y arbustos, en la noche peor. El foco titubeó hasta casi morir. Yo no podía ver mi propia mano. Ni siquiera podía poner las trampas como se debía. Sin luz no se podía ubicar bien el sitio para cada caja y no estábamos seguros si la posicionábamos bien. Ya no era lógico seguir allí.
Caminamos hacia el sendero principal. Para eso teníamos que subir una pendiente pronunciada. Lo que no calculamos fue que algunos árboles habían caído recientemente. Regresamos unos pasos y sorteamos un canal que había hecho el agua y que daba al río. Subimos un poco hasta que encontramos un hueco lleno de arbustos. Los pies no encontraban nada sino pequeñas ramas que se rompían fácilmente.
Mi temor me llevó a escuchar con agudeza cualquier cosa que me advirtiera peligro. Cada paso era dado con cuidado y sutileza. De repente, al otro lado del canal, justo por donde habíamos regresado, escuché unos pasos sobre las hojas, algo distinto a los otros cientos de ruidos que percibía. Escuché como algo que cayó de pronto y luego se mantuvo quieto. De inmediato, alucinando o no, vi una figura felina, como a los 50 metros. Traté con el foco y encendió. La luz era tenue pero de algo servía. Lo dirigí hacia el punto donde provenían los sonidos. La piel se me erizó. Sentí la adrenalina fluir velozmente, y así quise correr y escapar. La vegetación y la oscuridad me lo impedirían y yo lo sabía. Prix, a mi lado, notó mi temor y me preguntó qué pasaba. Mi reacción pasó del silencio al sobresalto.
Le dije que viera hacia donde dirigía la luz pero no lo hizo de inmediato. Yo juraría que de la figura distinguí los colores irrepetibles del jaguar. Luego, se movió un poco más y vi dos ojos que reflejaban la débil luz del foco. Allí fue para mí la confirmación de lo que pasaba. Casi empujando a mi compañera bajamos la pendiente. Pensé que el canal y los arbustos serían nuestros aliados de momento. La cosa era alejarse.
Prix no me creyó y pensó que yo deliraba. Prosiguió su paso con cautela, sin correr, sin huir, solo caminaba. Yo, iba detrás de ella, confundido. La duda de si eran alucinaciones o si era un ser real, me llevaba al dilema de estar loco o estar a punto de enfrentarnos a un jaguar. La obstinación de Prix me convenció de momento que era yo el que estaba mal y pensó que lo mejor era regresar al punto donde no pudimos avanzar antes. Para mí fue lo peor, porque debíamos pasar cerca del punto donde vi o creí haber visto al felino.
Llegamos al punto en que no era posible pasar; había un gran tronco que obstaculizaba el paso y grandes ramas que hacían casi imposible pasar por encima. El machete resultó inútil contra ese árbol caído, además de lo peligroso de usarlo en la oscuridad. La quebrada ahora se oía a la derecha y la izquierda. Al parecer de la pendiente salía una pequeña naciente que se unía a la quebrada y nos confundía. ¡Parecía que había dos ríos!
Retornar al paso inicial era la única salida, pero los troncos que habíamos esquivado cuando hubo luz eran un gran obstáculo en la oscuridad. Estábamos encerrados…Adelante agua, a la derecha agua, atrás e izquierda troncos. La solución era esperar a que la luz de la Luna nos orientara un poco para salir del dilema. La Llena había sido tres noches antes y pensamos que cerca de la media noche la veríamos aparecer.
Buscamos un punto seguro donde sentarnos a esperar. Subimos a un gran tronco y encontramos una parte plana del mismo. Hallamos unas ramas que servían de respaldar. Las espinas no hacían muy cómoda la estancia, pero cuando menos, nos permitían descansar un poco.
Prix insistía en seguir, quizá desesperada. Yo, atemorizado, pensaba que permanecer allí era lo mejor. Tomar energías, esperar la luz y retomar el paso. Después de todo estábamos resguardados entre ramas gruesas y veíamos todo desde un nivel mayor al resto de cosas. Si algo se nos acercaba lo veríamos venir y allí el machete sería la esperanza.
Dormir un poco sería la solución pero no era sencillo. Los mosquitos, aunque no muchos como tendrían que haber estado allí, nos impedían estar quietos. Los abrigos y buzos nos salvaron un poco de las picaduras y del frío, que no fue mucho porque tuvimos la suerte de que no llovió.
La noche avanzaba y la Luna se negaba a aparecer. Constantemente observaba el reloj y el tiempo parecía detenerse. Todo un mundo distinto era el de la noche en la profundidad del bosque. Grillos, agua, viento, combinados todos ellos con otros sonidos indescifrables.
El foco parecía revivir al rato de no usarse, pero aun así era insuficiente para salir de ahí. Solo lo usaba cuando presagiaba la llegada de un coyote o cuando sentía que algo como un insecto raro subía por el tronco. Dos segundos de luz bastaban para calmar mi desbordada inseguridad. Prix, mientras tanto, trataba de descansar en medio de la incomodidad. Yo, no podía cerrar los ojos más de un minuto para estar alerta.
Pensé que alguien nos vendría a buscar si veían que no regresábamos. Pero los papás de ella habían salido y regresarían tarde. Talvez ni se enterarían que no habíamos vuelto a casa.
Eran las 3:00am y algo de luz asomaba entre las frondosas copas. Aun así, la luz era insuficiente. Casi nada cambiaba. Había que esperar el sol. Dos horas y media más y saldríamos rápido de allí.
Las horas, los minutos, los segundos se volvieron días en mi mente. Estaba en una lucha interna entre la desesperación y la calma. Tenía todo el tiempo del mundo para pensar, para meditar.
Con angustia llegó el alba. Emprendimos de nuevo el camino. Bajamos del árbol y retornamos al sendero secundario. Empezamos a recoger las trampas y vimos con desazón que estaban todas vacías.
Salimos con todo como a las 6:30am y no vimos ningún animal en las cajas. Yo juraría que vi uno en la selva, suelto, en su hábitat.
Llegué exhausto a la casa. Comí, me bañé y luego dormí en el día lo que en la noche no pude.
Luego, llegaron las historias en el pueblo. Miles de versiones circularon y obvio ninguna de ellas menos creíble que el jaguar que vi.
Nunca nos perdimos, solo no pudimos seguir en la oscuridad. Pero la prueba de la paciencia y la espera nos ayudó a mantenernos seguros.
Mis amigos a partir de entonces, entienden que poner trampas es equivalente a tener sexo en la montaña, pero yo confiado en mi verdad, tengo una historia más para contarle a mis nietos, que quizá lleguen a conocer el jaguar solo en foto.


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