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Conversaciones con Fabiola

14
Fabi es mi sobrina de 3 años y un día de estos, Meli y yo la agarramos en una preguntadera pa’ver qué tenía que decir sobre el agua, el trabajo, la tormenta y otros temas de relevancia mundial.

Fabi ¿dónde está su papá?

Anda trabajando.

¿En qué trabaja?

Él trabaja mucho.

¿Y abuela? (que trabaja en una soda)

Anda trabajando.

¿Dónde trabaja abuela?

Allá donde yo comí papitas.

Fabi, ¿por qué hay tormenta?

Porque está arriba en el cielo.

¿Ud sabe cómo se hace el gallo pinto?

Sí, ud le echa arroz y luego lo mueve así (mueve las manos formando círculos).

¿Ud sabe de dónde sale el agua?

Sí, ud le echa leche y azúcar.

¿Y la leche de dónde sale?

Del culo de la vaca.

En esos momentos fue difícil manejar la entrevista por la gracia que nos causaban las respuestas, pero nos gustó montones. Espero que algún día Fabi lea la entrevista que le hicimos cuando ella tenía 3 años recién cumplidos y vea la relación de la edad y el pensamiento, cada tiempo, cada época, cada vivencia, cada marca que nos da la vida.

Conversaciones con: doña Cristina

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- No ve que a F. le había regalado un avión cuando era carajillo -dijo Ña Cristina como para empezar otro tema de una larga conversación que sostuvimos.

- ¿Un avión?¿Cómo era? -inquirí medio chismosamente.

- Diay era de plástico. Se amarraba del techo porque tenía una varilla y usted le apretaba una cosa para que empezara a dar vueltas -describió mientras dibujaba con las manos el movimiento del aparato.

- ¿Así como en círculos o cómo? -dije, a la vez que gesticulaba.

- Sí, sí, así -dijo, mientras movía con más vigor sus manos para aclarar mi inocente pregunta.

- Ah, ¿y le gustaba mucho el avioncillo? -proseguí con la ingenuidad de un niño preguntón.

- ¡Seguro que no! -señaló, contundentemente.

- ¡Qué elegante! -indiqué, con una frase muy de ahora.

- Diay, pasaba horas de horas y muy entretenido viendo moverse el avioncito -añadió Ña Cristina con nostalgia.

- Diay y lo cuidaba mucho imagino -sumé demostrando un gran conocimiento de los asuntos cotidianos de un niño palmareño.

- ¡Claro! Hasta el día que llegaron esas visitas familia mía -apuntó de un modo agresivo.

- ¿Qué pasó? -seguí, fisgoneando.

- Diay, que llegaron a la casa y F. no estaba y cuando se fueron ni me di cuenta ¡que se habían llevado el avión! -dijo, expresando aún el reproche hacia los ladrones.

- ¿De la misma familia y le robaron el avión a F.? -dije incrédulo, repitiendo lo dicho por doña Cristina para asegurarme que era cierto lo que escuché.

- ¡Qué malos! Pa’mi que fue el primo; el de la misma edad que F. -resolvió, luego de analizar por un momento a los parientes sospechosos.

- Y F. estaba hecho leña supongo -fue lo único que supe decir.

- ¡Totalmente! Si era el juguete favorito imagínese como iba a estar -aclaró, dándome la razón.

- ¡Pobrecillo! Qué agüevao cuando al juguete que más le gustaba a uno le pasaba algo…bueno ¿y que hicieron? -inquirí, para no desviar el tema que ya resultaba interesante.

- Diay no. Yo no quería nada con ellos así que no les dije nada. No les reclamé. Lo que sí hice fue decirle algo a F. sobre el avión -apuntó, con una mezcla de verguenza y humor en el rostro.

- ¿Qué fue? -pregunté casi de inmediato, ansioso de conocer la respuesta.

- F. estaba llorando, entonces le expliqué que el avión ya había crecido, ya era adulto y que cuando vio que pasó un avión muy grande por la casa, quiso seguirlo, alzó vuelo y se fue detrás de él -concluyó, dejándome sin habla.

Conversaciones con: don Hugo

9

-Mire joven, yo conocí a un señor muy mentiroso. Era el finao Lolo. Ojalá que Dios le haya perdonado sus mentiras-dijo, mientras yo reaccionaba con una sonora carcajada.

-¿Diay?, por qué así, ¿tan mentiroso era don Lolo? -pregunté con interés.

- Claro, ya nadie le creía nada de lo que contaba-aclaró con seguridad.

-¿Qué decía por ejemplo?-pregunté ansiosamente.

- Diay, una vez nos contó que tenía no sé cuántos güeyes y que una vez se le perdió uno. Dice que él busque que busque y nada que aparecía. ¿Pos qué era? Diay, según don Lolo era que el güey se había metido en una parcelilla que él tenía con chiverres y había un chiverre tan requetegrande que se había escondido por ahí y cuando él lo buscaba no lo vía.

-¿No vio al buey?-contesté inocentemente.

- Sí, quesque no lo vio porque era tan regrande el bendito chiverre que el güey ni se vía -respondió pa’dejar todo claro.

- Siá tan bárbaro, y ¿que hacía la gente cuando Lolo contaba esas historias? Fijo se reían-dije como respondiendo mi propia pregunta.

- ¡Nombres! Dios guarde uno se riera. Él se enojaba si uno se reía. Había que hacerse el serio-añadió, como si reírse en frente de Lolo fuese casi como retarlo a duelo.

-¿Cómo? ¿Él creía que uno creería sus mentiras?-mencioné casi como alegando por esa extraño comportamiento.

- Si uno se reía, él alegaba quesque nunca le hacían caso ni que le creían las cosas que decía-aclaró con seriedad.

-¡Jueeeeé!-respondí con extrañeza.

-Por eso es que don Lolo era tan jetón. Nadie le creía.

-Al rato, si pudiera revivir le diría a la gente que no fue al infierno por jetón y que más bien estuvo en el cielo. No sería raro que también tuviera cuentiao al mismísimo pisuicas-aporté casi con irrespeto.

-Je, je, je, porque lo conocí a él, no sería raro que también mintiera en eso-aclaró para mi tranquilidad.

-Diay, entonces que Dios lo perdone-dije, tratando de limpiarme por la transgresora frase anterior.

-Je, je, je. Créame muchacho, en lo que tengo de vida, es la primera persona que le desea eso a don Lolo. Lo que es la vida…

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