Bueno, se murió mi perra.

Ya Coqueta tenía 14 años humanos que equiparados con años perrunos son…un montón.

Fijo ya era Ciudadana Canina de Oro. Pero su espíritu joven estaba intacto aún. Murió en su casita, en nuestro patio.

Tantas alegrías nos dio, a pesar de las tortas que se jaló al inicio; como cuando jugando destruyó mis primeras tenis de marca que tuve. ¡Qué colerón esa vez!

Mami no la quería mucho porque hacía sus necesidades allí donde le dieran ganas. A punta de regaños y de escoba, Doña Zeneida le enseñó a Coqueta a elegir un sitio fuera de la casa para depositar sus cositas. Pero, en el fondo, mami la quería, especialmente cuando aprendió con los años, que no había que hacer cosas que le disgustaran a la dueña de la casa. Coqueta se moría de la contentera cuando llegaba mami o yo o cualquiera de la choza. Parecía que se le iba a arrancar la cola con ese movimiento tan rápido. Así correspondía ella a lo que recibía de nosotros. Un amor definitivamente…

También aprendió a comer concentrado nada más, aunque sí le costó bastante. Le cuadraba el arroz, el huevo y sobros de cualquier tipo de carnes, eso sí nada de frijoles, al parcer le caían mal. Si uno le echaba pinto tenía la habilidad de separar y escoger muy bien el arroz y dejar ahí los frijoles íntegros. Nunca me aproveché de esa habilidad para llevarla como atracción a algún circo porque la quería tener cerquita.

Tuvo muchas crías. Hay que reconocer que, aunque zaguata, era rica la condenilla porque cuando estaba en celo, muchos perrillos dormían fuera de mi casa, así lloviera toda la noche.

Ella se sintió pulseada y por eso le regaló al mundo muchos perritos calidá: entre ellos recuerdo a la camada donde nació Kiwi, o cuando nacieron Uno, Dos y Tres que se llamaban así porque ya no nos daba la jupa pa’más nombres, hasta que mi sobrina las bautizó con esa sabia simpleza. De hecho Dos vive en San Vicente y la veo de vez en cuando; es muy parecida a la mama excepto por el mechero que desarrolló por vivir a más de 1600 msnm. También recuerdo la camada de donde salió Bombón que aún sigue con nosotros y que la cuidamos porque mantiene como herencia la sangre pura de nuestra amada zaguata. Sus hermanas fueron Bellota y Burbuja, pero éstas al igual que casi todas, las regalábamos apenas echaran dientes y tan pronto Coqueta se negara a darles leche porque la mordían.

Coqueta dejó este mundo la semana pasada. Nosotros agüevados pero su legado sigue con nosotros. Su cuerpo yace en el gran patio de Ña Rosa, sitio donde descansan otros perros que vivieron por años en nuestras casas, verdaderos protectores de la familia, incluido el famoso Roncanrol.

Gracias Coqueta por cuidar la casa y espantar a desconocidos, incluso por morder a algunos de ellos. Gracias por recibirnos con alegría desbordante a pesar de las regañadas que le dábamos.

Después de todo, como dijo Meli: “tranqui mae, recuerde bien que todos los perros van al cielo”.