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El espiado humilde (segunda parte)
4Su ida, fue imperceptible por muchos, pero notada por otros, unos pocos de los más radicales que no descartaban que sus planes pudiesen ser descubiertos y perder efectividad. Así lo vieron unos de ellos; de los poderosos que hacían y deshacían a su antojo. Fue un mal momento para irse porque pensaron que se iba con el motivo de desprestigiarlos, porque otros como ellos, le pagarían para que divulgara tanto como supiera. En realidad, el señor se fue a buscar un lugar mejor y más tranquilo; ellos pensaban que se iba para desenmascararlos. Ahí, se dio cuenta que el poder de uno es fuerte, aunque lo entendió cuando captó que, las amenazas contra él, sirvieron para advertir el miedo que le tenían.
Sus primeros días en casa fueron normales. Hacer labores básicas por la mañana y buscar trabajo por la tarde. Una semana pasó y seguía desempleado. Pocos días después, le fue entregado un cheque con muchos más recursos que los que una cuenta de una persona necesitada como él, pudiese recibir en muchos meses de trabajo. Venía junto a una carta en la que se le invitaba a callarse para no correr peligro. La amenaza la sintió como cuchillo desgarrando su pecho.
Su madre le enseñó que ser pobre no era pecado, pero tomar algo que no le pertenecía sí. Recordó a su madre cuando decidió no aceptar el dinero y guardarlo en el mismo sobre en el que llegó. La carta no tenía remitente y no lo pudo devolver. Se tomó algún tiempo el pensar como proceder con algo que no quería aceptar y que no podía retornar a su dueño.
Sus exjefes supieron que no aceptó el pago. Ellos se enojaron y no comprendían la irracionalidad que movía al señor. Aun más cuando el señor entregó el dinero a una señora de la calle que pedía lismona. Ese acto los llevó a aumentar el control sobre él. El seguimiento para personas sediciosas como él, seguramente, era cosa normal en tiempos de decadencia.
Pero el señor comprendió que estaba en un lío. Se enojó porque él no lo buscó y sentía que hizo algo incorrecto. Sus propios valores, con los que actuó para no aceptar la compra de su dignidad, empujaban contra él.
Empezó a sentir que le controlaban los lugares que visitaba, la gente que encontraba e incluso sus conversaciones al teléfono. Vio que su gesto respecto el regalo no fue bien visto y descubrió a quienes lo enviaron. Supo de inmediato que le cobraban el haberse ido, y el conocer mucho de ellos, mucho que en manos y mente de otros, sería un enorme obstáculo para llevar a cabo sus planes y los de la alta sociedad.
Sintió mucho miedo. En especial cuando pudo escuchar que sus conversaciones por teléfono eran controladas. Pensó que estaba en un gran problema. Quiso llamar a la policía, pero desestimó esa opción al recordar que los jerarcas del cuerpo policial, eran parte del selecto grupo de personas exitosas que se reunía en aquella casa… Estaba solo.
Observó como era más difícil encontrar un nuevo empleo y rechazó una oferta para regresar a sus labores. Ese era el último lugar al que querría regresar. Allí sintió amenazado sus principios hacía unos meses. Ahora la amenaza era por doquier.
Se apuntó al juego con cautela y supo que ellos querían su silencio. Las llamadas con temas familiares no eran interesantes para sus espías y eso lo tranquilizó al ver que ellos desistirían cuando se enterasen que se equivocaban de persona.
No obstante, todo siguió en lo mismo y su preocupación, más bien, era mayor. La presión del tiempo y de la mente lo llevó a una solución: llevar a sus espías a desgastarse en cosas que no existían, que no eran tales, hasta que así vieran que no fue sino un error suyo y olvidarse de alguien como él.
Hablaba por teléfono con palabras poco coherentes una vez juntas. Las frases no parecían tener sentido lógico y lo más razonable para los espías es que sería un código secreto o lenguaje encriptado. El señor imaginaba que sus espías pasarían muy ocupados tratando de descifrar cosas que él estaba inventando.
Pero fue peor. Lo llamaban para decirle que tuviera cautela, por él y por su hija. Le dejaban notas para confirmarle que el silencio era la opción adecuada. Todo fue un laberinto. Seguir el mismo rumbo era peligrar contra su vida. Callar tampoco empezó a ser una opción. Ya había estado mucho tiempo en el letargo y algo lo impulsaba a luchar contra las injusticias que llegó a conocer por su cercanía al poder.
No supo actuar claramente. Cada paso era vigilado y cada palabra estudiada. A pesar de su pasado intachable era considerado peligroso. Se vio en una situación enredada y así fueron también sus pensamientos y sus actos.
Su vida simple y lineal y el juego de claves en el que participó un allegado, se convirtieron en su cotidianidad. Obtuvo un trabajo digno, en lo mismo que se había dedicado en los últimos años. La presión de a poco fue disminuyendo, porque sus exjefes encontraron otras personas a quien amenazar, y además, porque la suciedad y las mentiras fueron apareciendo sin que el señor las hiciera visibles. Por sí misma, la realidad los fue desenmascarando y ellos dejaron de presionar y amenazar al señor. Pero él, que conoce bien esa estirpe poderosa, sabe que como las olas, ellos mismos sabrán utilizar sus armas para regresar sutilmente y, para eso, él deberá estar preparado.
Mientras tanto, goza el haber engañado a quienes tienen al engaño como costumbre. Estuvo inventando cosas para generar distracción, quizá en un juego casi masoquista, empoderándose al sentirse centro de atención, sin tener sus acciones más importancia que el mero señuelo, en el momento cuando otros, hacían el trabajo que los del poder temieron que haría gente como él.
El espiado humilde (primera parte)
6El licor sacaba de las casillas hasta el más culto de los políticos que el llegó a conocer. Los efectos del alcohol develaban a la verdadera persona que ocultaban los modales. Los atropellos a la ley eran abiertamente planeados en sus fiestas y ahí pudo conocer que, aun en casa de ricos, hay suciedad.
Empezó a conocer los defectos y las obsesiones de los poderosos. Sus deseos más sombríos los fue captando uno a uno en cada reunión a la que asistía como encargado de la limpieza.
Su perfil bajo era muy bajo. Ni lo sentían presente. Ni lo determinaban. Hablaban cualquier cosa sin preocuparse de que él estuviese allí. Pensaron que por ser pobre también era ignorante. Quizá lo demeritaron como persona por su ocupación y posición social.
Llegó hasta sexto grado, no porque quiso, sino porque no pudo seguir. La situación de su familia se lo impidió. Con 25 años todavía tenía esperanza de continuar sus estudios y de algún día tener un título como el que ostentaban a quienes servía. Ese era su sueño. Con ello alcanzaría algún día tener más y vivir mejor. Él no quería mucho, quería lo suficiente. A veces dudaba sobre cuánto era suficiente, sobre todo después de conocer mejor a la gente para la que trabajaba.
Ya tenía 2 años de trabajar allí, con los ricos, y a pesar de eso, su salario no mejoraba tan rápido como subía el costo de la vida. Eso no parecía importarle a sus empleadores. Era un puesto difícil, la exigencia era mucha; el tiempo y dinero, escasos. Las pocas posibilidades de otro trabajo le obligaban a permanecer allí.
La situación lo indisponía cada vez más, por lo menos a sus adentros, porque era muy reservado. Quizá por eso consiguió ese empleo ahí, por conveniencia de sus jefes. Talvez el perfil bajo, muy bajo, era requisito para no divulgar lo no divulgable, lo políticamente incorrecto.
Hubo una época muy convulsa. Él lo notó con el tiempo, aun sin ostentar una maestría. Él no escribía en las páginas de opinión ni era analista político. Él vio que las discusiones y los planes ilegales, vestidos de legalidad, se gestaban con más rapidez. Más gente se unía presurosa y pudo ver incluso, mucho dinero llegar.
Su intuición le dijo que algo andaba mal. Se sentía peor, mucho peor que lo normal en un lugar al que no pertenecía. Ya quería irse. Lo empezaron a presionar para que no estuviera cuando algunos de ellos hablaban. Las cosas cambiaron. Todo parecía muy secreto. Creyó que ahora, ellos temían que escuchase algo que pudiera dañarlos luego. No podía moverse con libertad. Donde ocupase limpiar, debía recibir primero la autorización de alguien y, muchas veces, le impidieron ingresar a algunos salones por más suciedad que hubiera. Las restricciones eran demasiadas para un misceláneo y ese detalle le perturbó profundamente.


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