Con la Semana Santa hay muchas actividades que, por tradición, hacemos o dejamos de hacer.

Por ley, es imposible comprar licor en un bar. La ley seca, obsoleta medida gubernamental para detener el consumo de licor, tal como se demostró el día de las elecciones generales de febrero pasado, obliga a cerrar toda venta de alcohol desde la medianoche del miércoles hasta la del viernes.

Si bien para algunos esta medida nos parece que no detiene nada, es apenas el asomo de un conjunto de prohibiciones que años atrás eran aún más radicales.

Escuchaba de mi abuela que cuando ella era una adolescente, quizá por ahí  de 1940, la Semana Santa era una fecha donde muchas de las cosas habituales no podían realizarse por “respeto y devoción”.

Prender el fogón un jueves o viernes era un serio pecado. Por ello, los alimentos para consumir esos días santos, había que prepararlos desde el miércoles. Decía mi abuela, que el Miércoles Santo era un día de más trabajo de lo usual. Es comprensible esto al pensarse que es día había que hacer las tareas de tres días, todo para estar acorde a sus creencias.

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